sábado, 5 de septiembre de 2009

EL VALOR DE LA SEGURIDAD

El hambre de mi tío hizo que vaya a comprarle un sandwich de jamón en el bar restaurante que estaba a unas cuantas cuadras de su casa un domingo por la noche. En esa época yo tenía unos 14 años y a pesar que en ese entonces el barrio donde él vivía era peligroso, nada me detuvo en cumplir con el mandado.
Llegué al restaurant y recuerdo que mientras hacía el pedido, dos personas, un chiquillo y otro de mediana edad estaban parados en la puerta del local. Unos diez minutos después caminaba tranquilamente en la calle con la bolsa de los sandwichs en las manos cuando de pronto alguien viene por atrás y me arrebata la bolsa dejándome solamente con la parte superior de ella. Pude distinguir al autor del arrebato. Era el chiquillo de la puerta.
Llegué a la casa con la sensación de rabia y susto. Era la primera vez que me robaban. Le conté a mi tío lo sucedido. Lo que nunca supe fue qué idea se le vino a la cabeza cuando se enteró de ello. ¿Habrá pensado: felizmente no le pasó nada a mi sobrino o quizás dijo para sí mismo: carajo!, me quedé con las ganas de comer jamón?
Tiempo después pasé por una situación parecida una de esas mañanas en que iba a mis clases de inglés en el centro de Lima. La misma comenzaba bien temprano, a las siete, lo cual significaba que a esas horas la soledad de las calles le ganaba al flujo de gente caminando en ellas. Al bajar del bus tenía que caminar dos cuadras hasta llegar al instituto. En total, era un recorrido de cinco a diez minutos; pero igualmente había que estar atento porque los “choros” no tienen hora fija de “trabajo”. A pesar que asiduamente caminaba con los cinco sentidos en alerta máxima, uno siempre tiene un día en que baja la guardia y sucede lo irremediable. Y eso fue lo que pasó.
Faltando poco para llegar al instituto sentí que alguien metía su mano en mi bolsillo derecho. Cuando reaccioné era tarde. El choro me había sacado el único billete que tenía y que alcanzaba solamente para pagar el pasaje de bus. Pero en ese momento sucedió lo increíble. El choro al ver lo que tenía entre manos me dijo: “toma chino” devolviéndome el billete.

Imagino que cuando me vio caminando pensó que era una víctima potencial para sus propósitos pero se equivocó por completo. Y claro, yo recibí el billete como si fuera una propina con una mezcla de susto y asombro, naturalmente. Aunque parezca increíble, sucedió en realidad.
Creo, en broma claro está, que con la crisis económica que pegaba fuerte en esos momentos, el ratero sabía que horas más tarde ese billete no valdría nada.
Estas situaciones que en un principio fueron vistas como amargas experiencias, a través del tiempo las veo como simples anécdotas porque no es nada común ser víctimas de robos como los que describo. Y lo más importante es que en ninguna de ellas sufrí agresión alguna, porque actualmente la suerte de un robo o un atraco pasa precisamente por evitar la violencia. Pero la lección que saqué de ellas es que uno “siempre tiene que estar atento a todo, no puedo confiarme cuando camino por las calles sin importar la hora, el día, etc”.
Pero este mensaje vuelve a perderse cuando me encuentro en Japón. Porque algo que rescato de este país es la tranquilidad que nos ofrece al caminar por las calles. Cada noche al salir del trabajo me he formado el hábito de realizar caminatas de 45 minutos aproximadamente. Y la ruta que utilizo es una amplia avenida con escasa iluminación y generalmente son pocas las personas que la transitan. Llevo haciendo esto ya más de medio año y nunca he sentido temor que alguien esté al acecho escondido en algún lugar esperando por una nueva víctima. Tampoco me imagino obligado a correr o cruzar la pista para alejarme de posibles asaltantes, o en todo caso voltear de cuando en cuando para verificar si alguien me sigue.
Y siento lo mismo cuando regreso a casa de madrugada. Camino sin sobresaltos, con la billetera puesta en donde corresponde y no entre el pantalón y mi vientre como tengo que hacer en Lima. Y la prueba más clara de la tranquilidad de la que hablo es la posibilidad de encontrar mujeres caminando por las calles, a veces solas otras veces acompañadas hasta altas horas de la noche, algo que en Lima, por ejemplo, constituiría una imagen surrealista.
Pero cuidado! esto no quiere decir de ninguna manera que Japón sea un país 100% seguro. Aquí también ocurren atracos, asesinatos, robos a casas, autos, el tráfico de drogas va en aumento y de cuando en cuando aparece un demente que mata o hiere sin motivo aparente a algunas personas en las calles. Sin embargo, a pesar que el índice de criminalidad ha marcado un notorio ascenso en los últimos años, la realidad de la sociedad nipona se encuentra lejos de parecerse a la que nos toca vivir en nuestros países.
Por eso es que la seguridad se ha convertido en uno de los valores más preciados por los extranjeros. Cuando pregunto qué es lo que más les gusta de Japón o por qué razón se quedarían a vivir en este país, la respuesta más común es la seguridad que han encontrado aquí.
Eso sí, no debo creer firmemente que nunca me sucederá algo, pero al menos estoy convencido que cuando compre mi Mc Donald´s en Japón llegaré al apartamento con la bolsa completa.

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