jueves, 24 de septiembre de 2009

LA "FRIALDAD" DE LOS JAPONESES

Los aeropuertos representan el escenario propicio en donde la gente demuestra sus sentimientos. Un beso, un abrazo o algunas lágrimas derramadas son manifestaciones comunes de un alegre reencuentro o la tristeza de una despedida. No podemos negar que por lo menos una vez hemos mostrado nuestro lado más sensible en un lugar como éste, ya sea en nuestro papel de viajero, cuando vamos a despedir o a recoger a un pariente o amigo.

Días atrás llegó un familiar de Perú y fui al aeropuerto de Narita a darle el encuentro. La espera en la puerta de salida de los pasajeros sumada al retraso de algunos minutos del arribo del vuelo, me permitió observar con detalle el comportamiento de los japoneses en situaciones como las que describo arriba.

Mientras aguardaba la salida de mi familiar, observé a mi costado a un japonés que al igual que yo estaba a la espera de alguien. No pasaron muchos minutos cuando vi que una mujer salía con su equipaje y el tipo de al lado comenzó a caminar en dirección a ella para darle el encuentro. Cuando ambos estuvieron lo suficientemente cerca sus rostros no sufrieron variaciones, no esbozaron sonrisa alguna, solamente intercambiaron algunas palabras que no pude escuchar, el tipo agarró el equipaje de la mujer y se marcharon. Y como siempre, el hombre por delante de la mujer.

Y esta escena se repitió con dos parejas más. En ninguno de los casos vi una manifestación de cariño o alegría, es decir la muestra de sentimientos a la que estamos acostumbrados, o que en todo caso, la que estaríamos dispuestos a brindar. El abrazo o un simple apretón de manos fueron señales ausentes. Y de besos, ni hablar. Solamente algunos diálogos y chau, a la casa. Nada de contacto físico. Qué extraño resulta ver todo ello.

Y cuando hablo de expresión de sentimientos de cariño no me refiero a los enamorados que caminan agarrados de la mano porque ese es un detalle natural en la etapa de las relaciones, porque con el paso de los años estoy completamente seguro que aquellos actuarán de la misma forma como lo hicieron las parejas del aeropuerto. Lo que ocurre es que simplemente “expresar afecto” parece no figurar en el manual de comportamiento de los japoneses.

Sin embargo, a pocos metros de aquellos viajeros la escena era totalmente diferente con unos americanos que se abrazaban o que al conversar mostraban sus emociones al encontrar a la persona que habían ido a buscar. Eran dos situaciones contrastadas por las costumbres y a las que nosotros los latinos nos identificamos más con la última.

Y si en un aeropuerto actúan de esa forma, no puede esperarse que las cosas sean diferentes en casa. Una señora extranjera casada más de veinte años con un japonés me contaba que sus hijos y su marido no recuerdan la fecha de su cumpleaños y tampoco la saludan por el Día de la Madre. Este comentario lo hizo precisamente cuando la felicité por su día y le pregunté si la familia haría algo en especial en aquella oportunidad. Cuando me dijo que no y me pasó a explicar las razones pude comprobar cierto grado de tristeza en sus ojos.

Por más que vivamos bastante tiempo en Japón y comprendamos cada vez más cómo son los japoneses, no deja de llamar la atención esa “frialdad” que llamamos nosotros manifestadas en situaciones como éstas. En el caso de las tres parejas parecía como si la última vez que se vieron hubiese sido esa misma mañana, por ejemplo, y que sus reencuentros no fuesen detalles especiales sino que forman parte de la vida cotidiana. Y sobre el cumpleaños de mi madre o de algún familiar cercano, ni yo mismo me perdonaría si es que llego a olvidarlo.

¿Cómo se sentirían ustedes si se reencuentran con su pareja o algún familiar y éstos se muestran así, o que su esposo(a) o hijos se olviden de su fecha de cumpleaños?

Si su pareja es japonés(a) quizás ya esté acostumbrado(a) o resignado(a), pero no podría negar que siempre esperaría por lo menos una abierta manifestación de cariño. Con ello no quiero decir que los japoneses actúen mal, simplemente una vez más llego a la conclusión que son muy diferentes a nosotros. A veces pienso que ellos tampoco entienden por qué le damos tanto significado a un reencuentro o a una fecha que para nosotros es especial, cuando para los japoneses es un día cualquiera.

sábado, 5 de septiembre de 2009

EL VALOR DE LA SEGURIDAD

El hambre de mi tío hizo que vaya a comprarle un sandwich de jamón en el bar restaurante que estaba a unas cuantas cuadras de su casa un domingo por la noche. En esa época yo tenía unos 14 años y a pesar que en ese entonces el barrio donde él vivía era peligroso, nada me detuvo en cumplir con el mandado.
Llegué al restaurant y recuerdo que mientras hacía el pedido, dos personas, un chiquillo y otro de mediana edad estaban parados en la puerta del local. Unos diez minutos después caminaba tranquilamente en la calle con la bolsa de los sandwichs en las manos cuando de pronto alguien viene por atrás y me arrebata la bolsa dejándome solamente con la parte superior de ella. Pude distinguir al autor del arrebato. Era el chiquillo de la puerta.
Llegué a la casa con la sensación de rabia y susto. Era la primera vez que me robaban. Le conté a mi tío lo sucedido. Lo que nunca supe fue qué idea se le vino a la cabeza cuando se enteró de ello. ¿Habrá pensado: felizmente no le pasó nada a mi sobrino o quizás dijo para sí mismo: carajo!, me quedé con las ganas de comer jamón?
Tiempo después pasé por una situación parecida una de esas mañanas en que iba a mis clases de inglés en el centro de Lima. La misma comenzaba bien temprano, a las siete, lo cual significaba que a esas horas la soledad de las calles le ganaba al flujo de gente caminando en ellas. Al bajar del bus tenía que caminar dos cuadras hasta llegar al instituto. En total, era un recorrido de cinco a diez minutos; pero igualmente había que estar atento porque los “choros” no tienen hora fija de “trabajo”. A pesar que asiduamente caminaba con los cinco sentidos en alerta máxima, uno siempre tiene un día en que baja la guardia y sucede lo irremediable. Y eso fue lo que pasó.
Faltando poco para llegar al instituto sentí que alguien metía su mano en mi bolsillo derecho. Cuando reaccioné era tarde. El choro me había sacado el único billete que tenía y que alcanzaba solamente para pagar el pasaje de bus. Pero en ese momento sucedió lo increíble. El choro al ver lo que tenía entre manos me dijo: “toma chino” devolviéndome el billete.

Imagino que cuando me vio caminando pensó que era una víctima potencial para sus propósitos pero se equivocó por completo. Y claro, yo recibí el billete como si fuera una propina con una mezcla de susto y asombro, naturalmente. Aunque parezca increíble, sucedió en realidad.
Creo, en broma claro está, que con la crisis económica que pegaba fuerte en esos momentos, el ratero sabía que horas más tarde ese billete no valdría nada.
Estas situaciones que en un principio fueron vistas como amargas experiencias, a través del tiempo las veo como simples anécdotas porque no es nada común ser víctimas de robos como los que describo. Y lo más importante es que en ninguna de ellas sufrí agresión alguna, porque actualmente la suerte de un robo o un atraco pasa precisamente por evitar la violencia. Pero la lección que saqué de ellas es que uno “siempre tiene que estar atento a todo, no puedo confiarme cuando camino por las calles sin importar la hora, el día, etc”.
Pero este mensaje vuelve a perderse cuando me encuentro en Japón. Porque algo que rescato de este país es la tranquilidad que nos ofrece al caminar por las calles. Cada noche al salir del trabajo me he formado el hábito de realizar caminatas de 45 minutos aproximadamente. Y la ruta que utilizo es una amplia avenida con escasa iluminación y generalmente son pocas las personas que la transitan. Llevo haciendo esto ya más de medio año y nunca he sentido temor que alguien esté al acecho escondido en algún lugar esperando por una nueva víctima. Tampoco me imagino obligado a correr o cruzar la pista para alejarme de posibles asaltantes, o en todo caso voltear de cuando en cuando para verificar si alguien me sigue.
Y siento lo mismo cuando regreso a casa de madrugada. Camino sin sobresaltos, con la billetera puesta en donde corresponde y no entre el pantalón y mi vientre como tengo que hacer en Lima. Y la prueba más clara de la tranquilidad de la que hablo es la posibilidad de encontrar mujeres caminando por las calles, a veces solas otras veces acompañadas hasta altas horas de la noche, algo que en Lima, por ejemplo, constituiría una imagen surrealista.
Pero cuidado! esto no quiere decir de ninguna manera que Japón sea un país 100% seguro. Aquí también ocurren atracos, asesinatos, robos a casas, autos, el tráfico de drogas va en aumento y de cuando en cuando aparece un demente que mata o hiere sin motivo aparente a algunas personas en las calles. Sin embargo, a pesar que el índice de criminalidad ha marcado un notorio ascenso en los últimos años, la realidad de la sociedad nipona se encuentra lejos de parecerse a la que nos toca vivir en nuestros países.
Por eso es que la seguridad se ha convertido en uno de los valores más preciados por los extranjeros. Cuando pregunto qué es lo que más les gusta de Japón o por qué razón se quedarían a vivir en este país, la respuesta más común es la seguridad que han encontrado aquí.
Eso sí, no debo creer firmemente que nunca me sucederá algo, pero al menos estoy convencido que cuando compre mi Mc Donald´s en Japón llegaré al apartamento con la bolsa completa.